Leyenda: El Cadejo Gris - Una tragedia colonial
En medio de la época de la colonia, por allá en el siglo XVII, justo en Santiago de los Caballeros de Guatemala, la ciudad colonial que después sería conocida como Antigua Guatemala, había un matrimonio mestizo con tres hijos a los cuales sus propios padres adoraban. El hombre, atractivo y de “noble” corazón, era un escribano que siempre quería lo mejor tanto para él como para la familia, por lo que se la pasaba trabajando duro; y su mujer, hermosa y también atractiva, era alguien que desde un inicio era dedicada al hogar y siempre atendía bien a sus hijos.
Prácticamente, era una linda familia y entre todos se querían, aunque el hombre casi no tenía mucho tiempo por el tipo de trabajo que tenía y siempre intentaba ahorrar más tiempo.
No obstante, toda esa familia feliz quedaría destruída cuando un día de 1670 –al mediodía– llegó desde lejanas tierras un hombre portugués que se vino a residir por algún motivo. Era poseedor de una belleza europea espectacular, prácticamente distintiva de los demás antiguos habitantes del territorio, hasta superaba al escribano de esta historia.
Al día siguiente del reciente establecimiento, la esposa del escribano iba de regreso a casa cuando lo encontró o le tocó conocerlo, una vez terminado de hacer las compras necesarias para el hogar o sustento. De algún modo, esta chocó contra él y se le cayó todo el mandado. Al momento de querer levantarlo, el europeo se animó a ayudarla y ahí fue cuando se vieron cara a cara, y la mujer al instante se quedó maravillada por tanta belleza nunca vista antes.
Es así que le entró un ‘chip’ o una especie de hechizo simbólico, al punto de quedar completamente enamorada o apasionada. El europeo, por su parte, también se vió apasionado, ya que ella era una mujer muy bonita.
Desde allí, pese a sus intentos por no sentir interés por el vecino, porque ya estaba casada con un hombre “bueno”, que jamás le haría daño, aprovechaba la ausencia del escribano cuando se iba a trabajar para tener encuentros entre ambos. Y esto fue sucediendo de forma habitual, lo suficiente como para tener un cambio ligeramente drástico: Dentro del núcleo familiar, el escribano notaba cierta distancia emocional entre él y ella, la mujer seguía cumpliendo como mujer, madre y esposa, pero ya no se sentía ese amor que siempre le tenía ella al escribano, y cuando tocaba tema de conversación se mostraba distraída sin prestar atención. También siempre se mostraba o llegaba cansada, en veces sobresaltaba cuando él se le acercaba y le dirigía palabra, y en algunas ocasiones lo trataba mal.
Se notaba medio rara. Siempre salía más de lo normal, cosa que nunca había hecho por corresponder a sus obligaciones tanto como mujer como esposa. Siempre llegaba tarde, incluso el escribano casi siempre solía exigir explicación de prolongada ausencia en el hogar. Y esto siempre lo justificaba con que iba a iglesia porque le gustaba el ambiente, salir a comprar, o porque solía cuidar de su madre que estaba enferma. Incluso le gritaba por desconfiar de ella.
Ni siquiera la nana de la casa sabía los motivos, puesto a que siempre supo guardarse el secreto acerca de su infidelidad, si bien era la primera en sospechar de ella. Las únicas que lo sabían eran dos vecinas chismosas que estaban atentas a la situación, murmurando y viendo al escribano casi como un pobre diablo, casi como un idiota; además de juzgar las acciones de esta mujer.
En cuanto a los demás, al querer buscar una razón, supuso o dedujo que, a lo mejor, era porque él no tenía tiempo ni para ella ni para sus hijos (o por monotonía) y eso la estaba alejando poco a poco a través de la pérdida de interés. Y después de reflexionarlo, intentó cambiar eso y compensar el tiempo que no estaba con ellos, sin excusarse.
De algún modo lo logró y empezó a estar más presente, o al menos hacia el intento; pero eso no hizo que la mujer cambiara su comportamiento.
Pero como siempre la verdad siempre sale a la luz o tiene que saberse, el secreto de la mujer evidentemente no perduró oculto por mucho tiempo: Después de dos meses de ver ese mismo patrón en su mujer, llegó el tiempo en que su marido decide averiguar por sí mismo lo que estaba pasando y entonces logra darse unas “vacaciones” o un tiempo de descanso en el trabajo, diciendo que tiene un asunto familiar y personal.
Obteniendo su tiempo libre, un día de semana, en la mañana, le miente a su mujer con salir a trabajar como de costumbre, salió de casa y, sin que su esposa se diera cuenta ni lo notara, se escondió al lado y costado zurdo de la estructura, doblando la calle. Dejó pasar unos minutos en silencio, apoyado contra la pared de adobe, tratando de no hacer ruido. El sol de la mañana iluminaba la calle casi vacía, y solo se escuchaban los pasos de algunos vecinos que iban al mercado.
Al poco rato vio que la puerta de su casa se abrió con cuidado.
Su esposa salió mirando a ambos lados de la calle, como asegurándose de que nadie la observaba. Después de unos segundos, ese hombre europeo apareció desde la casa vecina y se acercó a ella.
Hablaron en voz baja, demasiado cerca uno del otro. Luego el vecino tomó la mano de la mujer y ella no la apartó.
El marido, escondido en la esquina, sintió cómo el corazón se le apretaba en el pecho.
Entonces vio algo que terminó de confirmar sus sospechas: el vecino la abrazó y la besó.
En ese momento, toda duda desapareció.
Luego, como los hijos eran cuidados por la nana, los dos se fueron felices hacia la casa del vecino, que quedaba enfrente; mientras el otro los observaba a ciertos metros. Se metieron y después de que cerraran la puerta, el otro se acercó disimuladamente y a través de la ventana, muy escondidito, los miraba embestir entre los dos. Y encima el vecino era mucho más guapo que él. Asimismo, observó cómo subían las escaleras e imaginó lo que iban a hacer, lo que despierta en su interior a un “depredador”.
El escribano, entonces, comenzó a arder por dentro de celos y orgullo, viéndose humillado y burlado, por lo que corrió hacia su casa solo para subir a su habitación. Ahí, avanzando hacia la locura, renegaba y reprochaba a su mujer por haberle faltado. También reunió todo lo que había visto de su esposa en casa: Desde el distanciamiento hasta el maltrato verbal. Y vio que ya todo tenía sentido y con razón su conducta extraña.
Tardando horas en ponerse de pie, sentado en la cama, poco a poco fue perdiendo la razón y su locura siguió escalando más aunque estuviera al límite (más de lo que podía soportar) por el “golpe” que sentía como algo muy grande. Por ello, al mirar su último hijo recién nacido en la cuna, llegó al grado de tener una idea errónea en la cabeza sobre sus hijos: sospechaba que ellos –especialmente el bebé– no eran propios, sino de ese vecino.
Posteriormente, cerca de las 2 del mediodía, el señor corre a la nana de su casa. Cerrándole las puertas, una vez que se fue, se percató de un afilado puñal que estaba de adorno en su casa, el cual era herencia de su abuelo, un conquistador español; y, desesperado, tomó el arma, caminando a la habitación donde estaba acunado su último hijo. Ya estando ahí, tras cerrar con llave la puerta, cegado por los celos, lo apuñaló en la garganta.
Después se dirigió a la habitación donde estaban sus hijos, inocentes y todavía jugando (porque ahí era zona donde decidieron jugar a las escondidas), se les acercó y, al abrazarlos como lo haría cualquier padre, sujetándolos, los apuñaló uno por uno, en tanto derramaba lágrimas y se desquitaba. O bien, los ahorca con sus propias manos.
Unas horas después, a las 5:30 p.m., la mujer traidora regresó a casa al terminar con su “pasatiempo”, subió arriba cansada y encontró la puerta del dormitorio de sus hijos semiabierta solo para encontrarse con la escena espantosa de sus hijos muertos. Estando desconsolada, el escribano apareció detrás de ella lleno de celos, confesando su crimen, y la culpó a ella por “haberlo orillado” a hacerlo. Y sin pensarlo, aprovechando que estaba en shock, también la mató a ella. Pero ni así logró tranquilizarse.
De un “buen” hombre pasó a ser un completo monstruo cegado por sus destructivas emociones.
La gente no tardó mucho en salir y avisar a las autoridades coloniales, quienes, al tomar cartas en el asunto, llegaron a la escena de los hechos, encontrando la espantosa escena del crimen de la habitación y a él sentado con la mirada perdida como en un estado de confusión. Por ende, con mucha indignación, lo llevaron a la fuerza para ser trasladado al tribunal, donde confesó todo y cuáles fueron sus motivos, mientras su mirada parecía fija, como devastado por sus emociones que lo volvieron loco.
Posteriormente, al notar su comportamiento y que se rió en su locura, determinaron que debían aplicarle pena de muerte, porque capaz hacía lo mismo con otra gente. Lo encerraron en una celda, en donde volvió en sí para ahora recapacitar sobre lo que le había hecho a su familia. Ahora tenía otra emoción fuerte: Culpa, remordimiento y angustia. Aunque era más por sus hijos que por su esposa. A la mañana siguiente, al amanecer, estaba tan devastado y se sentía tan culpable que se dejó ejecutar, casi como un modo de suicidarse al no poder soportar la culpa de los actos cometidos.
Ese mismo día, alrededor de las 10:30 de la mañana, con el cielo nublado y el clima templado, el condenado seguía llorando ahora en silencio, desganado y con el rostro muy demacrado. Finalmente, llega a la horca, pisando las gradas sin zapatos hasta que pisó la plataforma, teniendo en mente la imagen de sus pequeños muertos y sin perdonarse jamás ese acto.
Cuando el hombre fue colgado, la gente sentía un terrible malestar o tristeza por aquella historia triste ocurrida por una mujer infiel que se dejó llevar por las apariencias. El tiempo fue pasando y nuevamente cayó la noche. Tras dar el toque de queda, con las calles vacías, muchos empezaron a escuchar llantos o aullidos de dolor con tono espectral en la ciudad, más o menos penetrantes al grado de dar cosquilleo en el corazón de alguien, resonando con el eco a causa de las solitarias calles que parecían estar de luto.
Asimismo, los trasnochadores, maleantes y bebedores que caminaban de noche lograban ver a lo lejos o en zonas de sombra a un enorme perro enorme de color gris de ojos destellantes en rojo y con afilados colmillos largos que sobresalían de su hocico.
Este enorme perro espectral, que aún hoy continúa deambulando en las calles de todo Guatemala, cuida de los niños pequeños de los peligros –en especial a los que están enfermos o desamparados– y suele morder a los hombres o adultos, cuya mordedura es tan mortífera que puede matar a alguien por horas. Y es quien se encarga de vengar a los niños de padres negligentes, abusivos o que los abandonan. Hasta castiga a las mujeres que abortan. Se le aparece a las personas infieles, a las personas perversas, a los borrachos y a todo aquel que ande haciendo maldades, sobre todo a quienes maltratan niños.
Cada vez, esta criatura se mete a las casas donde haya niños pequeños y recién nacidos, ya sea porque su trágica historia lo volvió loco, para cuidarlos o apaciguar su furia y dolor.
Está muy enojado, hasta parece un espíritu demoníaco.
A veces, cuando cuida de un mocoso, está metido en la habitación de un niño o cuando se le encuentra en la calle, se le puede ver con la cara larga, derramando lágrimas o llorando silenciosamente. Está sentido emocionalmente.
Dentro de los bosques, selvas y zonas rurales, mientras todo está muy oscuro, aullidos de dolor de un lobo se suelen escuchar: Un lobito sufriente, con el corazón adolorido, y estresado. Un llanto canino que no deben confundir con la Llorona.
Como en vida fue papá, y su instinto aún sigue latente, también suele ser un castigador de niños desobedientes, groseros, flojos, que no estudian ni hacen la tarea, que andan como burros sin mecate y son maleducados. También suele castigar a los padres irresponsables, a quienes maltratan a sus hijos o los explotan. Igualmente, ataca y aterroriza a los padres egoístas que no tienen tiempo para sus hijos o no les prestan atención, haciendo de la experiencia una pesadilla vívida.
Ah, pero sus víctimas predilectas son los secuestradores de niños y adolescentes, asaltantes y delincuentes, que se dedican a matar y arrebatar. Estos los persigue y ataca con tanta hazaña.
Al parecer, el alma del escribano no halló descanso y en el más allá lo transformaron en este perro terrible en castigo por sus crímenes. Y, desde hace 356 años, se encuentra vagando en penitencia por Guatemala y Perú, arrepentido de su pecado, conocido con el nombre de «El Cadejo» o «Cadejo Gris» porque, siendo el fantasma de un desdichado o no, está integrado con la leyenda del Cadejo y es el tercer tipo de esta especie en las leyendas de Guatemala.
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