Mi versión de "El Cadejo Gris"
A mitad del siglo XX, en Antigua Guatemala, había una familia muy feliz con una hija pequeña de 7 años a la cual sus padres adoraban.

Todo iría de maravilla hasta que, una cierta mañana o un mediodía, la niña se había alistado para ir rumbo directo a la escuela. Justo en el momento en que debía de ser acompañada por sus padres, la niña tuvo que ir sola a la escuela, especialmente porque su padre no quiso acompañarla, ya que estaba muy cansado o tenía mucho sueño. Su madre tampoco quiso hacerlo, al ser la típica mujer ama de casa que estaba ocupada con el hogar.
De este modo, la niña salió de casa y caminó rumbo al colegio, mientras que su papá estaba dándose el lujo de dormir, sin imaginar lo que sucedería después. Es allí que sería el último día en que verían a su hija con vida, pues, desde que ella salió de casa, pasaron muchas horas y ni siquiera en la hora de salida la niña había regresado, lo cual fue motivo de alarma para los padres que mortificados empezaron a buscarla. Y para cuando la encontraron, desafortunadamente ella ya se encontraba muerta, porque alguien la raptó y, tras hacer lo que quiso con esta, procedió a eliminarla.
Al verla en ese estado, el padre de la niña entró en una profunda tristeza o depresión que casi lo llevó a la locura, lo que le orilló a sentirse culpable por no haberla acompañado y prevenir esa situación familiar cuando pudo haberlo hecho. Tiempo más tarde, su dolor y culpa fueron tan grandes, que un día explotó en quebrantamiento, salió corriendo dando enormes gritos de dolor, se paró frente a un acantilado y, decidido a quitarse la vida, saltó al vacío, muriendo instantáneamente.
Sin embargo, la justicia divina no permitió que el señor cuya alma encontrará reposo, sino que lo castigó en respuesta por su mínima negligencia. En castigo, fue convertido en un monstruo legendario: se transformó en la figura de un perro enorme de color gris y ojos llameantes. En esta forma, lo sentencian a penar por los caminos, mientras carga con la culpa de su negligencia.
Y desde entonces, cada noche de luna llena, se le puede ver caminar a un enorme perro fantasmal, el cual cuida de los niños enfermos y desamparados, se mete a la casas donde hay niños pequeños y en los bosques suele llorar por una hija perdida y por la culpa de no haber previendo su muerte. Como espíritu vengativo, persigue a los ladrones, delincuentes, asaltantes, violadores, maltratadores de niños y mujeres, castiga a los niños desobedientes y a los que salen a deshoras.
En el caso de un adulto mayor, como dicen las tradiciones chapinas de este personaje, su arma “vengativa” es precisamente su hocico, con el cual muerde letalmente a su víctima. Tal mordedura hace que el afectado muera en unas horas.
En las casas con niños, este suele platicar con ellos o cuidarlos, mientras que a su vez parecer seguir buscando en vano a la hija que le arrebataron.
Otras veces suele vérsele con una expresión serena pero de dolor, por lo cual, de sus espeluznantes ojos, le brotan lágrimas de sangre.
En caso de ser mordido por este animal fantasmagórico, las creencias guatemaltecas de la leyenda afirman que debe limpiarse la herida con agua bendita lo más pronto posible.
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