El Cadejo Gris: Versión B
En la capital chapina o en algún pueblo de Guatemala, hace 100 años, empezando apenas el siglo XX, existió un hombre muy guapo cuyo defecto era ser muy aficionado a la fiesta. Era tan fiestero, que cada vez que era incapaz de quedarse con los brazos cruzados y perderse una fiesta.
Quizás en un día de fiesta o al seguir con el día a día, le tocó conocer a una chica muy bonita con la que tuvo una relación hasta que finalmente se casaron. Fruto de su amor sincero, tuvieron un hijo sano. Y justo en el parto, la mujer falleció por complicaciones, por lo que el hombre tuvo que cargar solo con la crianza de su hijo, al que ama con todo su ser.
Un cierto día, en el mismo año en que su hijo nació y a mitad del año, fue invitado a asistir a una fiesta. Como tenía espíritu fiestero, el joven tenía muchas ganas de ir y al menos darse un respiro, pero sabía que no podía dejar su responsabilidad de padre. Después vio que no había problema, ya que era una fiesta nocturna, por lo que empezó a arreglárselas para asistir.
Siendo así, en el día siguió con su labor paternal y en la noche salió de su casa dejando a su hijo solo, con la seguridad de que no le pasaría nada ni tenía que estar al pendiente porque le dió de cenar antes. Fue así que asistió al baile, dejando de ser papá en ese tiempo, y fue tanta la adrenalina que ni entraba en razón acerca del bienestar del bebé.
En esa noche, pasó el tiempo, la fiesta había finalizado muy de madrugada y llegó el tiempo de volver a casa. Sin lugar a dudas, el hombre regresó a su casa y al llegar, cuando menos pensaba, se encontró con una terrible sorpresa: La casa estaba hecha llamas; su casa sufría un incendio. Fue allí cuando el instinto de padre le pegó fuerte y desesperado intentó rescatar a su hijo, pero desafortunadamente el bebé ya estaba muerto.
Al ver que su hijo ya había muerto, el sujeto se moría de la angustia, sintiéndose culpable y avergonzado por su falta. En tanto, la gente del pueblo o un cura, indignado(a) por la situación, lo empezó a maldecir.
«Perro maldito, de cuatro patas andarás toda tu vida», le gritaron. Es así que la maldición se cumplió, y, pues, cuando el fiestero murió se transformó en una horrible bestia en forma de perro enorme de color gris con ojos de fuego. A él no le quedó de otra más que quedarse con la culpa y el dolor, aceptando su condena.
En una segunda versión, con tal de ir a la fiesta, el hombre cometió la tontería de dejar a su hijo escondido cerca de un río y sobre un sombrero de tule, con la intención de recogerlo después de la fiesta. Sin embargo, ya sea porque se arrepintió o al terminar el evento, sale de la fiesta y se devolvió a donde había dejado al recién nacido, viendo sorpresivamente que el chamaco no se encontraba sobre el sombrero. Angustiado y casi acalambrado, buscó al niño pero nunca lo encontró. Mientras lloraba, la justicia divina cayó sobre él y lo convirtió en un monstruo que no puede ascender al más allá.
Desde entonces, en Guatemala y en Perú, especialmente al caer la medianoche, se aparece un perro enorme y fantasmal de color gris, el cual cuida de los niños enfermos y desamparados. Habitualmente, entra a los hogares donde hay niños pequeños, con los que suele suele convivir, y al parecer busca en vano al hijo o a la hija que perdió.
Castiga a los niños desobedientes, a los padres irresponsables, a los maltratadores o todo aquel anda haciendo maldades. En los bosques, sobre todo en las noches oscuras, suele lanzar un aullido lastimero, pues llora y se lamenta por la muerte de su hijo(a). Asimismo, cuando está en casa donde hay pequeños, se le ve triste derramando lágrimas de sangre, viéndose que el dolor es grande.
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