El Cadejo Gris: Primera versión

En los tiempos de la Revolución Mexicana, dentro de la región de Soconusco en Chiapas (México), Jacinto era un joven y guapo trigueño que se había casado muy joven con una ventiañera (es decir, 20 años) a los 22 años de edad, a parte de que tuvieron el consentimiento de sus padres en especial los del muchacho.

Casándose el 12 de abril de 1910, el 6 de noviembre concibieron una hermosa niña de la cual su papá se quedó completamente maravillado, tanto así que para él era el mayor tesoro que Dios le pudo privilegiar. Por lo tanto, a pesar de que apenas era un chamaco y al poco tiempo fue a quedar viudo, se esforzaba todos los días para darle lo mejor y cada vez que podía o en sus tiempos libres solía pasar tiempo con ella.

La mujer tristemente fallecería por complicaciones en el parto, lo que le rompería el corazón al pobre muchacho, ya que la amaba mucho e incondicionalmente de igual manera, pero supo salir adelante porque su única fuerza, según él, era su única hija.

Ocho años después… una invasión militar azota a todo el pueblo: Muchos de los soldados le quitaban a sus hijos, incluso matandolos. Y esa misma suerte se llevaría Jacinto: Era sábado y el señor se había levantado muy de mañana sin querer, se empezó a bañar tranquilamente y después del baño se puso un hipil de color blanco y sandalias de cuero.

Jacinto y su hija recién habían terminado de desayunar y no pasaron las 12 del mediodía cuando se empezaron a escuchar gritos de soldados que se metían a las casas de las parejas con la finalidad de quitarle a sus hijos. Recientemente Jacinto se estaba enterando de la situación, cuando en eso un ejército entra imprudentemente a su casa casi de una patada.

Como pudo Jacinto abrazó con fuerza a su única hija, con tal de protegerla y empezarían a ser rodeados. Fue así que Jacinto y los soldados forcejeaban entre ellos por la custodia de su hija, a lo que este, en su instinto paternal, siempre hizo lo posible para ganar la batalla.

En un momento dado, uno de los soldados golpea con su rifle el cuello de Jacinto, quien se detiene por el dolor y en eso se le acalambra el cuello. Por eso reacciona más o menos frenéticamente por dos segundos.

Posteriormente, tumban a Jacinto tirándolo al suelo y le meten un pesado golpe en el estómago, sacándole el aire y haciendo que se retorciera peor. Sin embargo, a pesar del dolor y la dificultad para respirar, el amor por su hija era tan grande que recobro más fuerza y coraje, y como fiera se lanzó contra ellos.

Viendo que aún seguía terco, le volvieron dispararon tres veces en la misma área. Siendo disparado, Jacinto cae al suelo y ahí quedó en el suelo muriendo lentamente, con dolor de estómago y en el proceso miró como finalmente pudieron conseguir arrebatarle lo más preciado que tenía en su vida, a pesar de que antes no había mucho de lo que hay ahora.

Sentiría que estaba muy adolorido y asfixiado, sentía su estómago arder, la sangre que derramaba se sentía muy caliente y no podía mover la boca que estaba abierta y con la lengua fuera. Pero eso no era lo que le dolía más que todo.

No, el dolor físico no era lo máximo que sentía, sino el dolor de ver cómo se llevaban a su hija y lo peor era imaginar lo terrible para ella. 


Después de su muerte, el amor y la angustia no le dejaron descansar en paz, pues ahora su hija había quedado huérfana, no podía creer que ahora se le murió el padre y temía que le hicieran algo terrible. ¡Estaría huérfana y sola en el mundo! A parte, también estaba ansioso por la forma en la que murió. Entonces su espíritu regresó a la tierra y queda atrapado para siempre buscando desesperadamente a su hija.

Como símbolo de que regresó con más fuerza, del amor paterno y de lo que sería capas de hacer un padre por sus hijos, tomó la forma de una criatura similar a un lobo o perro, enorme, cuyo pelaje es gris y sus ojos son bolas de fuego, con tal de sorprender a sus victimarios y, además, cobrar venganza.

En otra versión, durante la guerra civil de Guatemala (1960-1996), un indígena había presenciado la muerte de su esposa y, posteriormente, la de su hijo pequeño ante una amenaza. Fueron tan dolorosos esos momentos para él que se abalanzó para matar en venganza a uno de los soldados, ocasionando que también le maten a él.

En una tercera versión, la historia sería sería similar al de la Tulevieja en Panamá:

Aquí, en la capital guatemalteca o algún pueblo de Guatemala, había un hombre muy guapo que era padre soltero, ya sea porque la madre murió o los abandonó. También era fiestero o aficionado a la fiesta e, incluso antes de ser padre, siempre que tenía la oportunidad, salía a cualquier fiesta para divertirse.

Un día, el hombre fue invitado a asistir a un baile o una fiesta, pero ahora ya era padre y no tenía con quien dejarlo, y pensaba que si se lo encargaba a alguien sería juzgado o tachado como un padre irresponsable que solo le importaba ser más hombre que asumir su responsabilidad. Aún así, no por nada sería capaz de perderse la fiesta; pensó en alguna manera para asistir a una fiesta.

Y fue allí que tomó una de las decisiones más trágicas de su vida, sin saber que eso sería su condena y el nacimiento de una bestia fantasmal: Cometió la tontería de ir a un río y dejarlo un rato dentro de un sombrero de tule, después se fue emocionado a la fiesta.

Posteriormente, ya sea porque después se arrepintió o después de que terminara la fiesta, el hombre regresó al mismo río donde había dejado a su recién nacido a recogerlo. No obstante, al llegar al lugar, se llevó la sorpresa de que el cipote (o la cipota) no se encontraba por ningún lado, sea porque se lo robaron o porque la corriente se lo llevó. Entonces empezó a buscarlo desesperadamente y con aflicción, sin éxito.

O en caso de que dejara a su hijo en casa, este se fue alegre y directamente a la fiesta, aprovechando que era una fiesta nocturna, y muy confiado porque el bebé ya cenó y estuvo muy bien atendido, y no había otro pendiente (según él). Y al regresar, se encontró con la terrible sorpresa de que su hogar se había quemado o estaba en pleno incendio, lo que causó la muerte de su hijo(a) (sea por asfixia o por carbonización). La culpa y la tristeza fueron brutales, que casi se desmaya.

En cualquier caso, mientras iba cediendo a la locura, la Divinidad lo castigó severamente por su falta y lo convirtió en un monstruo: En un perro enorme de color gris y ojos llameantes.

En fin, puede haber muchas versiones de la historia de este personaje, pero al final sigue siendo lo mismo.

En fin, sea como haya sido, así empezó la leyenda del Cadejo Gris, como se le llama en Perú y Guatemala.

Por esa razón, además del dolor de haber perdido a su hijo(a), todas las noches suele cuidar o proteger a los niños desamparados y enfermos. Cada vez esta criatura se mete a las casas donde haya niños pequeños y recién nacidos, ya sea para encontrar al hijo que le quitaron, porque su trágica historia lo volvió loco, para cuidarlos o apaciguar su furia y dolor.

Vagando por las calles de Guatemala, como espíritu vengativo, cuando se encuentra a un maltratador o borracho lo suele arrastrar ferozmente o lo ataca para quitarle la vida. Por lo general, sus principales víctimas son los hombres.

Está muy enojado, hasta parece un espíritu demoníaco.

A veces, cuando cuida de un mocoso, está metido en la habitación de un niño o cuando se le encuentra en la calle, se le puede ver con la cara larga, derramando lágrimas o llorando silenciosamente. Está sentido emocionalmente.

Dentro de los bosques, selvas y zonas rurales, mientras todo está muy oscuro, aullidos de dolor de un lobo se suelen escuchar: Un lobito sufriente, con el corazón adolorido, y estresado. Un llanto canino que no deben confundir con la Llorona.

Como en vida fue papá, y su instinto aún sigue latente, el Cadejo Gris también suele ser un castigador de niños desobedientes, groseros, flojos, que no estudian ni hacen la tarea, que andan como burros sin mecate y son maleducados. También suele castigar a los padres irresponsables, a quienes maltratan a sus hijos o los explotan. Igualmente, ataca y aterroriza a los padres egoístas que no tienen tiempo para sus hijos o no les prestan atención, haciendo de la experiencia una pesadilla vívida.

Ah, pero sus víctimas predilectas son los secuestradores de niños y adolescentes, asaltantes y delincuentes, que se dedican a matar y arrebatar. Estos los persigue y ataca con tanta azaña.

No sé debería dejar salir a las nenas a la calle cuando es demasiado tarde para eso, porque puede que a veces el Cadejo Gris se las lleve pensando que es su hija.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La leyenda del Cadejo en Panamá

La Segua y la Siguanaba: ¿son la misma mujer?

La leyenda japonesa y coreana de Kuchisake-onna, la mujer con la boca cortada