EL CADEJO (versión con español antiguo)

Cuentan los ancianos que en las horas en que el viento se aquieta y la luna se oculta tras velos de bruma, los caminos de Panamá no son dominios de los hombres, sino de entes cuya naturaleza escapa a la comprensión mortal. No es sabio aventurarse en la oscuridad, pues es sabido que en ella acechan fuerzas cuyo designio se pierde en los albores del tiempo.



Aparece entonces la terrible bestia negra, el Cadejo Maldito, de figura imponente, con la mirada encendida en rojos fuegos y el resuello ardiente como el hálito del Infierno mismo. Este espíritu, cuya esencia pertenece a los dominios del Mal, busca a los hombres descarriados: bebedores sin temor a Dios, tahúres de mala entraña y jóvenes que desatienden los consejos de sus mayores. Se dice que quien lo ve y no lleva consigo la protección de los justos queda condenado al terror, su mente extraviada y su cuerpo postrado hasta que el alba venga en su auxilio.


Mas no toda sombra devora la luz, pues en la misma senda donde el maligno acecha, surge también su contrario: el Cadejo Blanco, ser de noble estampa cuyo pelaje refulge como la estrella matutina. Su sola presencia basta para infundir sosiego en el viajero, y su aroma, que se confunde con las flores de las selvas vírgenes, aleja las malas intenciones de los espíritus impuros.


No es raro que, en las noches de tinieblas profundas, ambas criaturas se encuentren en fiera lid. Relatan aquellos que han atestiguado tales encuentros que los aullidos del bien y del mal resuenan entre los montes y quebradas, como si la tierra misma temblase ante la contienda de fuerzas primigenias. Siempre, al despuntar la aurora, el Cadejo Blanco resulta vencedor, y su enemigo, vencido, huye con la cola entre las patas, pues la luz del nuevo día no admite su presencia.


Así, quien camina solo por los senderos de la noche haría bien en recordar estas palabras. Pues si el destino ha de cruzarle con el Cadejo Blanco, no debe temer, sino agradecer su protección. Mas si ha de toparse con el otro, que Dios se apiade de su alma, pues quizá su regreso a casa no le esté asegurado.

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